Horacio Ibarreche

Consultor e historiador azucarero

En el último año se registró un hecho un tanto inusual: varios ingenios tucumanos fueron vendidos. Respondió ello a diversas circunstancias propias del devenir azucarero. Las de ahora, como las registradas anteriormente en la rica historia de la actividad, tuvieron siempre un fuerte impacto, dadas las connotaciones socio-económicas que de ella derivan. Estuvieron acompañadas por un halo de curiosidades sobre el porqué se hicieron. Desde sus orígenes se fueron sucediendo ininterrumpidamente en un negocio que por su dinamismo así lo exige. Razones hubo de sobra para justificarlas. Cada una con su singularidad.

Es bueno recordar así algunos antecedentes históricos que revelan el porqué de las enajenaciones. Hay un denominador común: los que dejaron de ser dueños lo hicieron luego de un tránsito empresarial cargado de vicisitudes en las que no estuvieron ausentes diversos estados de ánimo.

Para citar solo uno de ellos viene bien al caso la relacionada otrora con la originaria primera venta del Ingenio Trinidad. Hans Heller y Juan Manuel Méndez, sus fundadores, lo vendieron luego de volcar allí grandes esfuerzos y sacrificios personales.

Cartas inéditas

Heller tenía la precaución y cuidado de escribir mucho y dejó cartas inéditas de gran valor y que, no obstante haber transcurrido 150 años muchos de sus conceptos conservan actualidad y merecen ser rescatadas.

El 29 de mayo de 1870 le escribió a su madre que estaba en su Dinamarca natal, diciéndole: “Tucumán está en plena producción de azúcar” y otra carta a su hermano Carlos en la que le decía que “es posible que compre una plantación de caña en la que el señor Méndez y yo pagaremos la mitad cada uno”, agregaba, “cuando mi propiedad suba su valor con la construcción del ferrocarril podré llevar una vida agradable e independiente. Tengo muchas ganas de empezar algo en Tucumán”.

Más tarde le escribe a un amigo de Europa diciéndole “nuestro Ingenio, es un pequeño principado. Tucumán es el jardín de la Argentina y merece ese nombre. Aunque no puedo quejarme, falta mucho querido Aest para ser millonario. Me quedaré en Tucumán para siempre”.

En otra carta de 1875 dice: “Tucumán es una provincia linda y fértil. Progresa tanto que podemos esperar gran riqueza. La parte oeste ya es tierra cultivada. La gente aquí es mejor, y más de buena fe”.

En febrero de 1876 a su hermana le escribe diciéndole: que “En vez de casarme para tener una vida agradable he metido mi dinero en un gran negocio (el azucarero) y si tengo suerte puedo ser dentro de pocos años un hombre muy rico”.

En abril de 1883, a su otra hermana, Sofía, ya con el Ingenio en pleno funcionamiento le dice que con Méndez “hemos invertido toda nuestra ganancia en el negocio”. El Ingenio crece y se consolida, pero no está ajeno a las dificultades propias de la actividad y la correspondencia intercambiada con su familia va reflejando sus cambiantes estados de ánimo conforme a las circunstancias.

El 1º de abril de 1888 empiezan los desencantos y tribulaciones de Heller que se queja diciendo: “el gobierno gasta terriblemente y siempre nuevos empréstitos para pagar los intereses de los anteriores y que nunca se aprovecha la plata para obras productivas”.

El 1º de diciembre de 1889 le escribe resignado a su hermano Carlos: “sigo haciendo azúcar y dejo el descanso para más tarde. Todos mis sueños de vivir feliz y tranquilo han desaparecido”, y concluye diciéndole: “tenemos una crisis comercial tremenda y no hay esperanza que se va a mejorar. La política tiene la culpa”.

A continuación su hermana Friede consolándolo el 16 de enero de 1890 le dice, en respuesta a su fracasado propósito de vender el Ingenio, “que lástima que no hayas podido vender aunque pareces estar contento de seguir trabajando”.

Por fin el 13 de junio de 1890 le escribe nuevamente a su hermano contándole que “hemos vendido muy barato pero también el señor Méndez como yo se siente viejo para dirigir un negocio tan grande”.

Santiago Blaquier desembarca en Tucumán: se concreta la compra del ingenio Concepción

“Las finanzas, los Bancos Nacionales, todos están arruinados. Pero yo me retiré a tiempo. En este país dos y dos no son cuatro. Con todos los cambios aquí no se puede calcular nada”. En otra carta le dice: “Estoy casado y feliz con Corina. Vamos a tomar una buena copa. Tucumán es muy lindo. Es bajo y la montaña nevada con clima tropical”.

Ya retirado del negocio azucarero luego de la venta, el 29 de enero de 1891 les escribe nuevamente: “Hemos hecho todo lo posible para pasar una linda fiesta de Navidad. Pero extraño la fiesta con nieve de allá. Estoy muy contento aquí, he trabajado mucho y he pasado muchos días tristes y otros alegres. Mis hijos han nacido aquí y para que quiero más. Ellos, mis amigos y conocidos están aquí y son respetados.

El 24 de agosto de 1891 escribe a su hermano Carlos: “Después de haber dejado el azúcar me siento con diez años menos”.

Se suceden más cartas a su familia y en la última se despide para siempre diciéndole: “Los precios del azúcar bajos pero la cosecha buena”, fueron sus últimas palabras escritas. Elocuente. Profético. Azucarero hasta la tumba. Hans (o Juan, como se quiera) Heller murió a la semana siguiente en Tucumán el 29 de septiembre de 1895.